La Jaula.

La recuerdo desde siempre, de niño me apretaba mucho y estaba tan pegada que lastimaba mi piel y asfixiaba mi aliento. Prácticamente no me dejaba mover en ninguna dirección, mis movimientos eran tan torpes y limitados que solo podía permanecer siempre en el mismo lugar.

Como pude me las ingenie para fabricar una especie de cortina que usaba bastante seguido, la ponía por encima de la jaula volviéndome casi invisible para el resto. Me daba mucha vergüenza que vieran mi jaula. Me daba mucha vergüenza que me vieran ahí adentro.  Pero cuanto más inadvertido quería pasar la jaula más me apretaba y sus barrotes fríos se tensaban fuertemente sobre mi cuerpo.

Con los años fui creciendo, cada paso me costaba mucho, pero gracias a ellos la jaula se expandía poco a poco. Por momentos me sentía muy libre dentro de ella y veía a los barrotes muy lejos de mí, pero en otras situaciones se encogía y los barrotes se acercaban peligrosamente de nuevo.

Poco a poco el espacio que iba ganando me fue dando más confianza y seguridad. Me sentía más cómodo y los movimientos que daba dentro de la jaula no me lastimaban como antes. Todos los días me ejercitaba dentro de ella, no quería que los barrotes me volvieran a oprimir pero me negaba a pedir ayuda. Sin embargo algunas personas escucharon mis gritos mudos y se acercaron a la jaula, me extendieron sus manos y hasta hicieron fuerza ellos mismos para abrir las finas rejas, pero todo intento resultaba en vano.

Al despertar un día e intentar estirarme como cada mañana, nada impedía que extendiera mis brazos por completo. Me sorprendí al ver los barrotes muy lejos de mí, la jaula era enorme y podía moverme con total libertad. Tenía tanta libertad, que podía escurrirme fácilmente entre los barrotes e ir y venir entre el adentro y el afuera. Pero si me alejaba demasiado el miedo me paralizaba y volvía corriendo a lo que hasta ese momento era mi vergonzoso pero seguro refugio.

No había nada que me detuviera, el metal no apretaba mi cuerpo y el techo estaba tan alto que casi no podía verlo.  Sin embargo me sentía tan asfixiado como antes. Ahogue mi llanto en el éter, descargue mis lagrimas sobre un piso regado de penas y lamentos, grite pidiendo ayuda pero ahora nadie respondió. Pase horas, días y semanas, acurrucado en aquel lugar vacío, dentro de una jaula ya inexistente, una jaula que solo yo podía ver. El afuera y el adentro  ya no existían, solo estaba yo.

Hoy sigo aquí, luchando contra esos barrotes imaginarios de mi cabeza. Ya no pierdo vida ni lagrimas tirado en ese frío rincón que alguna vez considere un refugio. Debes en cuando tengo la necesidad de regresar y a veces lo hago sin darme cuenta. Solo vuelvo, sin miedos ni culpas.

Pero lo más importante de todo es que aprendí a caminar solo y muy lejos de esa antigua prisión.  

Publicado por Silvio German Godoy Argiz

Profesor de historia, deportista, escritor y muchos etcéteras. -Cazador de sueños perdidos- Mí libro.

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