
Nostalgia en castellano, morriña en gallego, saudade en portugués y seguramente ustedes conocerán un sin número de expresiones que hacen referencia a esa sensación tan particular que invade nuestros corazones en estos momentos tan particulares. Acciones simples, antes cotidianas, de lo más común en nuestra rutina diaria, hoy las extrañamos y anhelamos como el evento más especial.
En mi caso particular, esta nostalgia se representa en los desayunos de domingo por la mañana. Donde buceaba por una ciudad que todavía dormía, buscando un bar aun desconocido para mí. Me sentaba en alguna mesa solitaria y disfrutaba de un café junto al libro del momento. ¿Que mas necesitaba? Si, lo recuerdo. Caminar luego del desayuno por el parque, el sol calentando mi piel y mis pasos moviéndose al compas de algún tango que suena en mis auriculares. Paso a paso siento deslizarme en ese mediodía de domingo en mi memoria, percibo el fresco olor a césped recién cortado, es primavera y esta más verde que nunca. No puedo resistirme y acepto su invitación. Me recuesto mirando el cielo, las nubes se entrelazan dejándose empujar por un viento caprichoso en las alturas pero que al ras del piso solo se traduce en una suave brisa. Mi nostalgia la siento a través del olfato, del tacto y de la vista.
Cierro los ojos y me siento ahí, ese domingo cualquiera de primavera, donde el sol calienta y el césped es verde. Al abrirlos caigo de nuevo en la realidad, son cerca de las 00.00 de la noche, las gotas de lluvia golpean en la ventana y un otoño distinto acaba de comenzar.