El presente nos tiene alejados de las rutas y los únicos viajes que podemos realizar son a través de nuestros recuerdos. Esto no quita que sea una excelente oportunidad para desempolvar viejas bitácoras o perdernos dentro de álbumes de fotos, físicos o digitales. Las anécdotas, las experiencias vividas y la gente que conocimos en el camino, son la mejor manera de escapar un poquito de este mundo de encierro.
Hoy les traigo dos relatos de viajes, de ciudades para ser mas precisos. Una argentina y otra chilena. Una me enamoro y otra no tanto. Pero de igual forma agradezco haber conocido ambas.

Tilcara.
Tilcara es un mar de montañas colgando del cielo. Un arcoíris de colores tiñe sus cerros y un aroma a simpleza invade sus calles. Su gente sonríe en cada esquina y Tilcara te sonríe a cada paso.
Tilcara respira profundo en cada carnaval de febrero, donde un diablo pícaro despierta de su largo sueño. Tilcara renace en cada carnaval y el carnaval renace con ella. Tilcara son ramos de albahaca y de alegría, Tilcara son zambas cantadas bajito y besos escondidos detrás de la luna. Tilcara baila en noches eternas, dibuja amores en el firmamento y ahoga su sed en fresco vino tinto.Tilcara juega con los niños que corren en las puertas sus casas escapando del pucllay y con los no tan niños que salen a su encuentro.
Tilcara es un canto a la pachamama y en cada silaba grita por una América profunda, por la puna y la quebrada. Es un canto que se mezcla con el viento de los andes donde sus palabras se hacen aire, se vuelven cóndor y cardón, se transforma en sol y luna.

Calama.
Querida Calama:
Ciudad de putas y mineros me dijeron en la terminal de Arica cuando indique mi rumbo. Luego de una noche agitada de viaje, entre controles y carabineros, llegamos a una ciudad perdida entre la cordillera y el desierto. La estación de buses era una simple calle, como la de tantas otras pequeñas ciudades latinoamericanas. A esas horas de la mañana el desierto no estaba solo afuera sino dentro de la ciudad.
Caminamos las primeras calles sin rumbo buscando algo, no sabíamos si un hotel, un bar para poder desayunar o una casa de cambio. Nos costó bastante encontrar las tres cosas. Ciudad de veredas vacías y caras largas. Una iglesia, una plaza y un ayuntamiento.
Te recuerdo Calama como una ciudad gris, de tonos opacos y un viento arremolinado que volaba arena entre tus calles y se llevaba tus mudos sonidos al cielo. Te recuerdo como un sentimiento de estar aislados del mundo, perdidos en el Atacama.
Un día basto para querer despedirte Calama. Veníamos cansados de un largo y agitado viaje. Quizás no eras vos, éramos nosotros. Pero no creo que haya en este caso, Calama querida, segundas oportunidades.
