Él camina triste, con la mirada perdida en la punta de sus zapatos que patean las hojas secas del otoño.
Ella camina triste, mientras cruza la calle aprovecha para sacarse la careta, con la que todos los días falsea una sonrisa en el trabajo.
Ambos caminan por una ciudad caótica en hora pico, pero vacía para ellos. Los dos caminan ciegos para el mundo, con gargantas mudas para preguntas banales y lagrimas perdida en veredas sucias.
Él y ella caminan, separados pero juntos, él y ella tienen un mismo destino. Ese café de la calle San jerónimo era su refugio, siempre lo fue, desde ese primer cortado que compartieron al salir de la facultad.
Ella llega primero, no podía ser de otra manera. La noche anterior no había podido dormir, se la pasó de la cama al living llorando cada uno de los recuerdos que le traía una casa enorme, vacía y helada. Sin embargo estaba radiante, bella como siempre y como nunca. Se sienta en su mesa, la que está junto al ventanal y le indica a Osvaldo que le traiga un café chico.
Él llega a los pocos minutos, algo desarreglado y con un porte más bien desgarbado, las bolsas de sus ojos eran la clara muestra del llanto que lo atormento la noche anterior. Saluda a Osvaldo, quien busca realizar la clásica chicana fútbolera por el resultado de su amado Talleres el domingo pasado, pero no obtiene respuesta alguna. A partir de ese momento se llamo al silencio, fue un testigo mecánico sin oídos ni boca para ellos dos.
Él la saluda con un beso en la mejilla. No pudo resistir la tentación de sus labios color fuego, pero al intentar rosarlos con su boca, ella con un hábil y sutil movimiento corrige la dirección del mismo. Dolido toma asiento con el orgullo aun mas roto.
Las miradas de ambos están fijas en la mesa. Ella revuelve su café, mientras observa el dar vueltas de la cuchara una y otra vez. Él mueve sus dedos sobre las rodillas mientras un taloneo descompasado muestra su completo nerviosismo.

Cuando ambos toman el valor necesario para cruzar miradas se quedan petrificados. Los ojos de él eran el espejo de su alma, se podía ver a través de ellos cada uno de los pedazos en los cuales se había fragmentado. Los ojos de ella eran verdes y mostraban un prolijo delineado.
Él intento hablar, pero sus palabras parecían ahogarse en un llanto atragantado en su garganta. Ella solo lo miraba, quizás no tenía nada que decir o tenía que decirlo todo.
Sus ojos hablaban con un lenguaje simple y sincero, mientras sus bocas permanecían mudas. Mejor así, bocas cerradas evitan palabras vacías.
Él se da por vencido.
Ella entendió todo, no ahora, hace tiempo.
Bebieron el último sorbo sin dejar de mirarse. Sus palabras previas habían dicho lo opuesto de lo que ahora gritaban sus ojos. Pero todo era en vano porque ya no había nada más que hacer.
– Me di todo, ¿sabes? Todo, dijo él.
-Lo sé, contesto ella.